Formación Profesores Waldorf, desde 1978

Seminario Antroposófico Pedagógico Terapéutico, Primer Seminario Antroposófico de Chile

Un Acercamiento a la Antroposofía

Introducción

Al exponer Johann Gottlieb Fichte, en el otoño de 1813, sus puntos de vista en el libro “Introducción a la Ciencia del Conocimiento”, como fruto maduro de una vida consagrada enteramente al servicio de la verdad, comenzó con estas palabras: “Esta ciencia presupone un órgano sensorio interior completamente nuevo, a través del cual se revela un mundo nuevo, desconocido para el hombre ordinario” y luego, por medio de una comparación, mostró cuán incomprensible habría de parecer su filosofía a quien pretendiera juzgarla de conformidad con lo que revelan los sentidos ordinarios: “Suponed un mundo de ciegos de nacimiento, que sólo conocen lo que el sentido del tacto les permite percibir de las cosas y de las relaciones entre ellas. Introducíos entre ellos y habladles de colores y de más fenómenos existentes únicamente por la luz y para la vista. Es posible que vuestras palabras no les digan nada, en cuyo caso es mejor que lo manifiesten para que vosotros os deis cuenta de vuestro error, y a menos de poder dotarles del sentido de la vista, interrumpáis tan inútil discurso…” ahora bien, el que habla a la gente de los asuntos a que hace alusión Fichte, se encuentra con demasiada frecuencia en la situación propia de un hombre de visión normal entre ciegos de nacimiento. Sin embargo, son estos asuntos los que conciernen a la verdadera naturaleza del hombre y a su fin supremo, y habría que desesperar de la humanidad quien considerase necesario “interrumpir tan inútil discurso”. Al contrario, no hay que dudar ni por un momento que es posible “abrir los ojos” para lo que Fichte llama el mundo desconocido, a todo aquel que aporte buena voluntad para verlo. De estas premisas han partido quienes hablaron y escribieron porque sentían en sí mismos el nacimiento de aquel “órgano interior”, que les permitía percibir la verdadera naturaleza esencial del hombre, velada para los sentidos ordinarios. Por esta razón, desde los tiempos más remotos se ha mencionado siempre una “sabiduría oculta”; el que empiece a poseerla se siente tan seguro de ella, como lo está el hombre de vista normal de sus percepciones visuales; no necesita prueba alguna de esta sabiduría, y sabe que tampoco la necesitan los que, como él, han desarrollado un sentido superior. Puede hablarles de ella con la misma persuasión con que de América habla un viajero a todo el que, sin haber visto dicho país, es capaz de representárselo, en la seguridad de poder ver lo mismo si se le ofreciese la oportunidad.

Empero, el observador de lo suprasensible tiene que dirigirse, no sólo a los investigadores del mundo espiritual, sino a todos los hombres, ya que el contenido de su mensaje afecta a todos. Es más, ese observador sabe que, sin conocimiento de lo suprasensible, nadie puede llamarse “hombre” en la verdadera acepción de la palabra, y se dirige a todos a sabiendas de que hay diferentes grados de comprensión para lo que ha de comunicar. Sabe asimismo que pueden entenderle hasta quienes todavía están distantes del momento de entrar en la investigación espiritual, pues en todo ser humano subyace el sentimiento y comprensión de la verdad. Como consecuencia, se dirige en primer término a la comprensión de que es capaz toda alma sana, en la inteligencia de que esta comprensión encierra una fuerza que ha de conducirla paulatinamente a grados más altos del conocimiento. Aquel sentimiento que quizás al principio no percibe nada tras lo que se le habla, es precisamente el que un día actúa como mago para abrir el “ojo del espíritu”; despunta, por decirlo así, en la oscuridad; el alma no ve, pero por su medio se apodera de ella la verdad que, poco a poco, la penetra y le despierta el “sentido superior”. El fin será más o menos lejanos, según de quien se trate: el que tenga paciencia y constancia llegará hasta él. Si bien es cierto que no todos los ciegos de nacimiento pueden llegar a ver, no hay ojo espiritual que no pueda alcanzar la visión; es sólo cuestión de tiempo.

Ni la erudición, ni la preparación científica son prerrequisitos para que se objetive este sentido superior; está al alcance tanto del inculto como del hombre de ciencia. Es más, lo que hoy día se considera a menudo “ciencia única”, en lugar de ventaja puede ser escollo para la realización de este fin, puesto que sólo reconoce como “verdadero” lo accesible a los sentidos ordinarios. Así, por grandes que sean sus méritos en relación con el conocimiento de esta realidad, cuando ella pretende aplicar a todo el saber humano las reglas necesarias y fructíferas solamente en su campo de acción, origina un sinnúmero de prejuicios que imposibilitan el acceso a realidades superiores.

Contra lo que antecede se objeta frecuentemente que “límites infranqueables” se han impuesto al conocimiento humano, por lo que hay que rechazar todo saber que no los respete. Incluso llega a considerarse arrogancia afirmar lo que, según la convicción de muchos, se encuentra más allá de los límites de la facultad cognoscitiva humana. Al hacer semejante objeción no se tiene en cuenta que al conocimiento superior debe proceder un desarrollo de las fuerzas cognoscitivas del hombre. Lo que antes de este desarrollo se encuentra más allá de los límites del conocimiento, se halla netamente dentro de ellos una vez despertadas ciertas facultades latentes en todo ser humano.

Podría surgir la pregunta: ¿de qué sirve hablar al hombre de cosas par las cuales no ha despertado sus facultades cognoscitivas, inasequibles por lo tanto para él? No es así como debe plantearse el problema: ciertas capacidades se requieren para descubrir lo que aquí se trata, pero lo descubierto puede transmitirse a los demás, y será comprendido por todo el que haga uso de una lógica imparcial y de un sentimiento sano de la verdad. Quien se deje guiar por un pensamiento omnilateral que el prejuicio no enturbie, así como por un libre sentimiento de la verdad, no encontrará en este libro nada que no le dé la impresión de que permite enfocar de manera satisfactoria el enigma de la vida humana y del universo. Basta con preguntarse: si lo que se afirma en este libro es verdadero, ¿se explica así la vida de un modo satisfactorio? Y se comprobará que la vida de cada uno confirma lo expuesto.

Claro está que para ser “guía” en esas regiones más elevadas de la existencia, no basta tener despierto el sentido superior; es necesaria también la “ciencia” de esas regiones, del mismo modo que, para la profesión de maestro en la realidad ordinaria, es imprescindible la ciencia pedagógica. Así como no basta la simple posesión de sentidos normales para ser “erudito” en la realidad sensible, así tampoco se es “sabio” en el sentido espiritual con sólo haber alcanzado la “visión superior”. En el fondo toda realidad, la inferior como la superior espiritual, no constituyen sino las dos caras de una misma esencia fundamental, por lo que el ignorante de los conocimientos inferiores, continuará probablemente siéndolo también en los aspectos más elevados. Este hecho despierta un sentido de responsabilidad inmensa, modesto y reservado a la vez, en quien siente la vocación espiritual; hecho que no debe, sin embargo, impedir a nadie interesarse por las verdades superiores, aun cuando las demás circunstancias de su vida no le conduzcan hacia las ciencias ordinarias. El hombre puede cumplir su misión sin saber nada de botánica, zoología o matemáticas, pero les imposible ser plenamente hombre sin haberse acercado, de un modo u otro, a la esencia y destino del hombre revelado por la ciencia suprasensible.

Designa el hombre como “divino” lo más alto hacia lo cual puede elevar su mirada; tiene que concebir su destino supremo en cierta relación con ese algo divino. Parece justificado, pues, llamar “sabiduría divina” o Teosofía, a la sabiduría que, traspasando los límites de lo sensible, revele al hombre su esencia y, con ella, su destino. Con la expresión “ciencia espiritual” podemos designar el estudio de los fenómenos espirituales en la vida humana y el universo. Como en este libro nos ocupamos específicamente de los aspectos de la ciencia espiritual que se refieren al núcleo espiritual de la entidad humana, podemos emplear para este estudio el término “Teosofía”, empleado durante siglos con este mismo sentido.

Con fundamento en esa actitud mental vamos a trazar ahora un bosquejo de la concepción teosófica del universo. El autor no trata de exponer nada que para él no sea un hecho tal como lo es todo fenómeno del mundo exterior para los ojos y oídos bien constituidos, y para el entendimiento ordinario. Se trata, en efecto, de experiencias accesibles a quien esté decidido a penetra en el “sendero del conocimiento” descrito en un capítulo especial de este libro. Si aceptamos que el sano pensar y sentir permiten hacer propio todo verdadero conocimiento de los mundos superiores, y si reconocemos además que, partiendo de esta comprensión y utilizándola como sólido fundamento, damos un paso muy importante, aunque no suficiente, hacia la visión personal, adoptamos la adecuada actitud frene al mundo suprasensible. En cambio nos cerramos las puertas del verdadero conocimiento superior, si desdeñamos este camino y queremos penetrar en el mundo espiritual exclusivamente por otras vías. Tener por norma reconocer la existencia de los mundos superiores después de haberlos contemplado, constituye un impedimento para esa visión personal; por otra parte ella se favorece si se trata de comprender con entendimiento sano lo que se podrá contemplar más tarde; así se despiertan, como por magia, fuerzas esenciales del alma que la conducen a la “visión del vidente”.